Comedia negra

De cómo la crisis económica, se ha convertido en una crisis de identidad

Juan Echanove, (Madrid, 1 de abril de 1961) es colaborador habitual de Hora 25, programa que dirige Angels Barceló en la Cadena Ser. Juan interpreta al hermano de Antonio Alcántara (Imanol Arias), quizás, en la serie española que más éxito ha tenido en los últimos años: Cuéntame cómo pasó.

Esta serie permite hacernos una idea más cercana, a la generación que nacimos durante la democracia, de la resistencia y lucha encarnizada que nuestros padres, y sobre todo nuestros abuelos, mantuvieron para gozar de las libertades dignas de un mundo vanguardista. Sin ánimo de sonar catastrofista, tengo la sensación de que el Gobierno de Mariano Rajoy está pulverizando, paulatinamente, parte de estas libertades en los más de 100 días que lleva al frente del poder.

La crisis económica en la que Europa está sumergida, exceptuando los ególatras de Francia y Alemania, victoriosos de la III Guerra Mundial (esta vez financiera), se ha convertido en una crisis de identidad que parece no importarnos en la actualidad. Los espectáculos deportivos, Sálvame o la escasa profesionalidad de algunos colegas de mi profesión -véase la cobertura de determinados medios de comunicación en la Huelga General del pasado 29 de marzo- dan prueba de ello.

Juan Echanove

Es como una comedia negra cuyo guión Juan Echanove conoce al detalle. Por ese motivo, el ya veterano actor plantea, en su sección La Mirada de Hora 25, un buen número de condicionales para intentar entender el momento en el que vivimos. Entre ellos, destacan:

  • “Si reclamar los derechos más irrenunciables del individuo puede dar con tus huesos en la cárcel”
  • “Si se estigmatiza de forma más evidente a los homosexuales desde los poderes de la iglesia y hay que callarse”
  • “Si los abuelos del país van a tener que esconderse de un Fondo Monetario Internacional que van a perseguirles como cargas inasumibles para la nación por su pertinaje a la longevidad”
  • “Si todo lo público se convierte en privado y somos incapaces de gritar que es nuestro”
  • “Si los investigadores tienen que dejar de investigar, los pensadores dejar de pensar y los artistas dejar de crear”
  • “Si caes enfermo, no tienes dinero y nadie te lo presta y no te atienden de tu mal en el ambulatorio”

[…] “Si, en definitiva, todo lo que en casi 40 años hemos construido con el esfuerzo de todos acaba en el rastro y por piezas en el top manta, habremos llegado por fin al final del túnel”, comenta Echanove, a lo que yo llamo la comedia negra

Entre sus protagonistas, es necesario añadir la historia de Dimitris Christulas, un farmaceútico griego jubilado que se suicidó el pasado 4 de abril ante el Parlamento, situado en la plaza Sintagma de Atenas (Grecia). “No quiero dejar deudas a mi hija”, fueron sus últimas palabras. La muerte de Christulas ha puesto de manifiesto dos fenómenos cada vez más concatenados: la crisis económica y el incremento de las enfermedades mentales y los suicidios. Sin embargo, no hay que irse tan lejos para encontrar un caso menos dramático, pero también conmovedor. Hablo del publicista Alejandro Toledo, quien se encontró con un antiguo compañero de profesión que se dirigía a un comedor social. Después de esta experiencia, Alejandro realizó un spot gratuito para Cáritas para concienciar a la población de que, en la actualidad, cualquier persona puede pasar por esta situación.

El pueblo griego llora la muerte de Dimitris Christulas

En un curso de Marketing Relacional que realicé en MSL Formación en marzo de 2011, uno de los coordinadores, voluntario de varios comedores sociales, nos contó que, en estos sitios, te puedes encontrar a quien menos te los esperas. No tienen que ser necesariamente vagabundos o drogodependientes, sino gente trajeada o con cargas familiares.

Son personas para las que, según Juan Echanove, “la democracia es un lujo de ricos y el estado de derecho un estado de excepción“. “Nos querrán convencer de que todo esto es por culpa nuestra“, añade el actor, “cuando lo único que hicimos fue firmar un crédito porque hacerlo suponía ser moderno, europeo, solidario y constructor“. Lo que empezó siendo una crisis económica, acabará por convertirse en una torre de babel en la que no seremos conscientes que se desmorona cada día un poco más con nosotros dentro, intentando enfoscar grietas con aguapress aunque no son tales grietas, sino evidentes vicios ocultos de construcción y graves deficiencias estructurales“.

Los datos del paro y la inflación son muy preocupantes. Pero lo son más las decisiones que cada uno de los ministerios del Gobierno Español están tomando y que afectan a nuestra propia identidad, con recortes en sanidad y educación, policías que protegen al sistema y no a su pueblo, falta de rigor y dureza ante el despilfarro de la Monarquía…Y todo, en un año en el que se celebra, curiosamente, el segundo centenario de la Constitución de Cádiz (¡Viva la Pepa!) pero también, el primero del hundimiento del Titanic. Así vamos.

El arte de sonreír

En los últimos meses se ha especulado mucho sobre la Gioconda del Museo del Prado que ya descansa en las paredes del Louvre de París. Para unos, como mi buen amigo H., amante del buen arte, no es más que un fenómeno al más puro estilo “La nave del misterio” (un tema que, por cierto, Iker Jiménez cubrió hace poco en su programa). En mi caso, no deja de indignarme  la media sonrisa (¿o debería decir ilusión óptica?) que Leonardo da Vinci se empeñó en dibujar para la eternidad hace más de cinco siglos.

El arte es complejo, pero yo soy más para interpretarlo. Supongo que el arte, como la belleza, está en el cerebro de quien mira. Mis cuadros favoritos son dos. Uno, Los fusilamientos del 3 de mayo(Goya), cuadro al que entrevisté en primero de carrera en uno de los ejercicios creativos de Redacción Periodística y con el que crecí en la casa de Maeztu (Vitoria) donde veraneaba. El segundo es más abstracto, como los dibujos que hacía en clase cuando me aburría: Composición con rojo, amarillo y azul (Piet Mondrian).

¿Qué tienen ambos en común? Que me hacen sonreír. En cambio, la Giaconda sólo me hace dudar. Según el “Estudio sobre la felicidad en 2011” elaborado por el Instituto Coca-Cola de la Felicidad, “dos de cada tres españoles se siguen declarando felices a pesar de la crisis”. No escribo este artículo para pediros que seáis felices, sino para exigir que sonriáis. “Sonreír, leo en un grupo de Facebook, no significa que sea feliz, significa que soy fuerte”.

La sonrisa de la Gioconda

La Gioconda no muestra esa sonrisa profident, sincera y segura que tan importante es en la actualidad. Históricamente, el hombre ha dejado su huella y prueba de existencia a través del arte: “el reflejo del mundo”, “la firma de la civilización”, recoge mi libro de frases célebres que compré de adolescente en el Alcampo. No es por menospreciar a sabios e intelectuales, pero quien es recordado en este mundo, al menos en el mío, es aquella persona que sonríe a pesar de las dificultades.

Esta máxima la he intentado cumplir a lo largo de toda mi vida. Pero ¿y los artistas? ¿Cómo influyeron sus estados de ánimo en sus respectivas obras? Cómo no me veía con fuerzas para entrevistar a Goya, decidí consultar a una persona más cercana, mayormente uno de mis mejores amigos. Según J. M. O., licenciado en Historia por la Universidad de Alcalá de Henares y alumno del Máster en estudios avanzados en Historia del Arte Español (Universidad Complutense de Madrid), “cualquier artista expresa en su arte cada momento vivido. Hay unos que lo muestran más, como es el caso de Van Gogh, cuya vida fue algo desgraciada, y otros que se dejaban guiar por los temas influyentes de la época”. Como caso paradigmático destaca Caravaggio. Su obra, dramática e incluso cruel, ha sido achacada por muchos investigadores a su carácter casi asesino. Sin embargo, J. M. O., opina que, simplemente, “le gustaba pintar lo que pintaba”. “Creo que la vida influye puede influir en el artista, pero en general es la demanda la que incita a pintar unas cosas u otras”, sentencia el joven pero experimentado historiador.

Extrapolando este razonamiento a otros ámbitos, me pregunto si el hecho de sonreír influye en nuestra vida laboral, social y personal o es la sociedad la que, como ocurría con las obras de arte, demanda o incita a sonreír para ser recordado. ¿Cuántas obras se han perdido por no dar la suficiente libertad creativa a un artista? ¿No os cansáis de ver una y otra retratos de reyes y obras de connotación religiosa? 

¡Me encanta cuando un pato se sumerge en el agua!

Echad un vistazo a vuestro alrededor. ¿Qué opináis del típico/a amargado/a del trabajo que nunca os sonríe? ¿Y del rancio compañero de clase? ¿Creéis que alguien les echará de menos? No hay nada de malo en sonreír. La risa ayuda a eliminar bloqueos emocionales y físicos. No digo que os fuméis un porro ni que os pase como al filósofo griego Crisipo, el cuál murió de risa en el siglo II a. c. después de darle de beber vino a su burro y ver como el animal intentaba alimentarse de higos. Ese sí que hubiera sido un buen cuadro, je je.

Por eso, querida Gioconda, arriesgándome a pasar el resto de mi vida entre rejas, no me importaría darte unos retoques (arte) como hizo Mr Bean (risa) en su película. Qué ironía. El arte de sonreír.

No os perdáis a Mr. Bean en el museo:

Charlando con mi pasado más dulce

Todos los viernes suelo echar un vistazo a los periódicos y revistas españolas en las que puede haber una noticia de los clientes de la agencia de comunicación en la que trabajo. Pero cuando la portada de Alsaka en Interviú se interpuso en mi camino, decidí acumular el trabajo para la semana siguiente. Y no porque me excitara, obviamente.

Así que, una semana más tarde, empecé mi ruta por Diario Médico, que, como El Mundo, suele incorporar una frase célebre en la parte superior de la portada: “Escribir es una forma de hablar sin ser interrumpido”. Me encantó. La escribí en mi libreta y a la vez me dio un nuevo tema para actualizar Lagunas del periodismo, que ya era hora. Este será un artículo en el que Diego no me interrumpirá, pero estoy seguro que desearía haberme escuchado.

Hace unos meses me acerqué a Rivas para ver El árbol de la vida, una película made in National Geographic por sus imágenes espectaculares que no llegué a comprender. Sin embargo, valoré mucho la pájara mental del Director del filme, Terrence Malick, e intenté superarle con mis espontáneas reflexiones.

Dicen que es bueno escucharse a uno mismo, pero, ¿alguna vez habéis tenido el deseo irrefrenable de volver a vuestra infancia para hablaros a vosotros mismos? Algo así como la máquina del tiempo de Doraemon, ese gato sin orejas que parecía un mapache y con el que tantas veces merendé dorayakis.

Te envidio, Dieguito. Me gusta tu camisa ochentera, el pelo a lo afro y los labios casi pintados. Sobre todo, adoro tu sonrisa despreocupada. Eres como una esponja que, poco a poco, absorberá todo lo que vayas aprendiendo con tus sentidos. Con la vista lo tendrás más complicado, ya que usas gafas desde que tenías 10 meses y a veces un parche en el ojo bastante incómodo. Además, te operarán de estrabismo a los 6 años. Pero no te preocupes, pirata. En el hospital de El Niño Jesús te darán Coca cola y serás la envidia de todos los niños.

Sentirás dolor por tus múltiples caídas al suelo, pero te reirás con tus rodilleras chonis. Tranquilo, es normal que no entiendas esa palabra. Tampoco entenderás un dolor que va más allá del físico. No estarás abatido si ves a uno de tus mejores amigos llorar porque ha perdido a una persona a la que quiere mucho, sólo aturdido.

No hagas caso a la gente que dice que los niños sois muy sensibles. Todo lo contrario. Eres fuerte porque no asumes responsabilidades y vives en la ignorancia, aunque, curiosa paradoja, estás siempre aprendiendo. ¿Qué se siente al percibir todo como una novedad? Ya lo dijo Homer Simpson, que nació un año antes que tú: Yo no soy una persona que se impresiona fácilmente. ¡Mira! ¡Un coche azul!

No te estanques. Evoluciona como los pokemon. De lo contrario, tendrás la sensación, como a tu compi mayor le pasa, de que la gente que te rodea avanza, progresa y se atreve. Eres buen chaval, lo sé, y no te hablo para darte el sermón. Eso ni a ti ni a mí nos gusta, porque si de algo nos sentimos orgullosos, aparte de nuestra bonita dentadura, es de ser ateos y creer en nosotros mismos, aunque no lo suficiente.

Me tengo que ir. 22 años sin estar en contacto dan para mucho. Algo así como “Los pilares de la tierra”, un libro que realmente me parece infinito. ¿Dieguito? ¡Vaya! Te has dormido y no me he dado cuenta. Mejor será que te arrope con tus inseparables sábanas de Oliver y Benji. Mírate. Durmiendo pareces tan feliz…

Tomar el fresco (juntos)

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el número de matrimonios rotos durante el año pasado volvió a crecer. Por su parte, la empresa de juguetes Famosa dio a conocer en 2010 un estudio en el que se observó que los niños prefieren cada vez más juegos sedentarios e individuales. Además, los últimos datos y estadísticas recogidas muestran que los españoles comemos menos en familia, una costumbre que, desgraciadamente, sólo es habitual en algunos domingos, festivos y fechas navideñas.

¿Qué tienen en común estas noticias? El individualismo. Hace unas décadas vivíamos bajo un ambiente de compañerismo, solidaridad y fraternidad. En situaciones difíciles, en crisis económicas, conflictos, y enfermedades, remábamos juntos en una misma dirección; o al menos, eso sentía yo en los años noventa y en las historias que me contaban mis abuelos –y bisabuela- sobre la segunda mitad del siglo XX. Por entonces, se compartían horas de radio, sartenes de gachas (yo lo sigo haciendo), juegos y conversaciones a veces anodinas, pero que estrechaban lazos entre una familia, un barrio o una comunidad de vecinos. Ahora, sin embargo, sé de personas que no conocen a su propio vecino del 2º B, cenan solas en el salón mientras ven la televisión, les cuesta expresar sus sentimientos e incluso, han llegado a decir eso de que “la mejor música es el silencio”. Personas, colores, diversidad.

Las gachas de mi abuela

En efecto, nuestros valores han cambiado. La competencia, los recursos que creemos ilimitados, los avances tecnológicos y sociales nos proporcionan, en definitiva, una autosuficiencia ilusoria. Porque nos necesitamos, pero al mismo tiempo, desconfiamos unos de los otros. Cuando vamos a una tienda ya no decimos eso de “fíamelo que te lo pago mañana” o como dice mi amigo Pablineitor en su blog, pasamos de largo sin mirar al portero. Si lo hay.

Podría seguir escribiendo y citar decenas de ejemplos, pero me centraré en uno que añoro, recuerdo con nostalgia y sonrío cada vez que lo veo y practico: tomar el fresco.

A finales de agosto del presente año fui a una casa rural de un pueblecito de Ávila con casi toda la familia. Una noche, mientras paseaba con mi prima Esther, nos hinchamos a dar las buenas noches a las personas que, sentadas en sillas con varios años en sus respaldos, nos miraban y saludaban con recelo y curiosidad. Y empecé a recordar.

Recordé las noches cálidas en la calle Madrid de Mejorada del Campo, donde no  pasaban coches y en las que los niños del barrio ideaban juegos mientras los padres y los abuelos, acomodados en las típicas sillas de barrio, comentaban su vida con un ojo puesto en nosotros. Al menos, eso hacía “la Ninis”, “Julio” (y su ¡mande!) “la Carmen” (que se portaba genial en el aguinaldo), mi tía Chus”, “La Mari” y por su puesto, mis abuelos. Todos ellos, menos “La Mari” y mis yayos, han fallecido. Debe ser duro cómo la gente de tu quinta cae paulatinamente. Esos compañeros de juegos de cartas, momentos difíciles de la posguerra y conversaciones siempre típicas, pero adorables.

En los últimos veranos, sin embargo, mis abuelos se han tenido que ir a la plaza del pueblo con “La Pascuala” (cuyas galletas de coco están buenísimas) en un banco que no es el suyo, donde no hay tranquilidad y el “fresco” es diferente. Pero yo les escucho:

-           Diego, “Pa fría la ensalá como decía el Tío Fanegas”

-           “Cómo decía la tía asunción, otros ochenta y tantos no voy a vivir”.

-          “Pareces el borrico del tío Teodoro”

-          “Eres más nervioso que la perra de la tía Gabriela, que estaba sorda y enseguida se ponía a ladrar”.

-          “Con la mirada me basta, como decía el tío Matacán”.

-          “El padre de la Reymunda, el Tío Piloncho, se compró una pelliza muy pequeña que vio en un maniquí. Aunque no le valía, se la ataba con una cinta en el ojal”.

-          “Ese es huevoscosidos. Le llamamos así porque un toro le pilló un huevo”.

-          “Hay uno en el pueblo que puso a sus dos hijos Mariano”

-          “A ese le llamaban choruzo gordo porque nació con 5 kilos. Y a su hermano semental porque se tocó en el cine y salpicó a una mujer”.

Por eso, cuando me preguntan “Y este chico, ¿de quién es?”, digo con orgullo, “De Goyo y la Juliana”. Con ellos tomé el fresco. Y lo echo de menos. El fresco y todo lo que conlleva: despreocupación, tener la mente vacía y aclarar las ideas. Incompatible. Lo sé. Me siento raro. Es como si el propio blog me hubiera absorbido. Mi mente, mi optimismo e ilusión están en una laguna enorme desde hace un año. Pero no me hundo. Es como si no me apeteciera escribir. Pero sigo escribiendo. Porque cuando pase un tiempo, y si consigo lo que quiero, me gustará leer artículos como este. Me voy, necesito tomar el fresco. ¿Te vienes conmigo?

Tomar el fresco

Como diez bolos rectos

Voy a escribir este artículo al mismo tiempo en el que fluyen mis emociones. Son las 8 de la tarde del 25 de noviembre de 2011 cuando me dispongo a salir a Chamartín para jugar una partida de bolos con mi gente. De repente, un hombre entra por mi puerta y mi madre, que mañana se va de viaje a Nueva York, me dice con la mano en la frente: “No me acordaba que hoy venía el osteópata”.

“Yo tampoco”, me digo a mi mismo. Y no sé por qué. Había decidido poner fin a la escoliosis, una enfermedad crónica que puede impedir que tenga una buena calidad de vida en el futuro. Desde hace unos días llevo una plantilla en el pie izquierdo, me he apuntado a natación y, como en los dos últimos años, no falto al gimnasio. Actos que requieren esfuerzo, sacrificio y tiempo.

Pero en media hora un hombre ha conseguido más que yo mismo en toda mi vida (prudencia, Diego, prudencia). Tiene 48 años, es de Granada, ha estudiado Traumatología y estuvo casi un año en China conociendo a fondo el shiatsu, aunque es algo autodidacta.

 “Me quedan aún cinco pacientes”, confiesa. Pero trabaja con tranquilidad, confianza y placer. Es la primera conclusión a la que llego mientras estoy en calzoncillos tumbado boca abajo en una camilla con aceite de coco extendido sobre mi espalda.

“Tienes una escoliosis de grado 2. Hoy mismo te pondré la espalda recta”. Al principio, obviamente, no le hago mucho caso. Pero, como si tuviera trescientos interruptores en la espalda, empieza a colocar discos, ganglios y demás partes para encender la llama de mi esperanza. “Miren ahora”, dice el especialista a mis padres 3 minutos después.

Mi madre, absorta, esa increíble mujer ignorante que se siente culpable de mi problema (detectado cuando me estaba probando en Zara una americana para un viaje a Marruecos en el año 2005) se da cuenta de que algo está ocurriendo. La columna vertebral está más recta. Yo no lo veo ni lo noto.

Él sigue a lo suyo. Me estira los brazos, pone en su sitio piezas del puzle descolocadas y lo único que me pide es respirar profundo y que no le trate de usted. Se está empleando a fondo. Lo noto en su respiración forzada. Y no creo que sea por mi altura (1.91; quizás ahora algo más) ya que también trabaja con jugadores del Real Madrid, ni tampoco porque no le guste su trabajo: “Disfruto mucho con lo que hago. Tengo una clínica en Guadalajara pero prefiero estar aquí. No quiero estar sentado y recetar medicamentos.  Esto y estar con mi hija de 16 años me da la vida”.

“Vuelvan a mirar”. “Tienes un omoplato más grande que otro y eso no lo puedo remediar. No hago milagros.  Pero lo que he conseguido es que tus omoplatos se hagan ver”.

“Ponte de pie”. Vale. No fue como la escena de Capitán América, pero tuve complejo de Ana Obregón. Estoy recto. “Mañana te acordarás de mí. Tendrás dolores y molestias, no podrás jugar al fútbol el domingo (lo siento Parásitos) y aunque tu espalda intente encorvarse, los omóplatos y la columna vertebral lo impedirán inmediatamente”.

Sentí ganas de llorar. Estaba y estoy en estado de shock. Con la espalda enrojecida, me noto más ancho, las americanas no resbalan sobre mis hombros y a mis padres les brillan los ojos. Me acuerdo de Sonia, la chica de la óptica donde suelo comprar las lentillas que me pasó este contacto que le curó el cuello, de las fotografías que el osteópata me enseñó antes de la sesión sobre sus pacientes, de Granada y de la madre que la parió a mi nuevo traumatólogo: “Mi madre fue mi primer cliente. Tiene fribromialgia de grado 3 y prácticamente chilla cuando la tocas”.

Mi madre, por cierto, también tiene fibromialgia. Esta es la historia, algo desordenada, de un hombre que cobra 30 euros por colocarte la espalda una vez al mes. Seré prudente, pero ojalá los discos, los ganglios y la columna vertebral estén donde les corresponde.  Como diez bolos rectos sin una bola que los pueda derribar.

En la playa hace unos meses

Mi espalda después de la sesión

Identidad no innata

Hace unos meses fui al club de la comedia por primera vez. Uno de los animadores, antes de que comenzara el espectáculo, dijo entre risas: “Por favor, cuando alguno de los invitados esté en medio del monólogo, no digan ¡a mí también me pasa! o ¡eso me ha ocurrido a mí!”. Querido animador, eso es inevitable.

Los seres humanos, como los animales, necesitamos pertenecer a una comunidad o subsistema dentro del gran y complejo sistema en el que convivimos: la sociedad. Por eso, cuando compramos un periódico, queremos que nos digan lo que queremos leer (en mi caso, como periodista, no) y cuando votamos a un partido político queremos que actúe de acuerdo con nuestra ideología (o simplemente que actúe, porque hoy sólo contempla). En definitiva, buscamos una identidad no innata.

En un nuevo artículo de Lagunas del periodismo se expondrán las frases célebres más admiradas por este servidor. Con ellas, se pretende descubrir por qué están escritas en una sencilla y menuda libreta de pueriles cuadritos. Sirva como advertencia que se dará la misma enjundia a las palabras de conocidos pensadores, como a los consejos de personas anónimas o las reflexiones de un mendigo cooprotagonista de La Sombra del Viento, obra maestra escrita por Carlos Ruíz Zafrón.

La Sombra del Viento

Esta libreta, tras un primer esbozo, contiene frases sueltas que han sido aunadas en tres categorías: periodismo, deseo y acción. La primera viene de la imperiosa necesidad de defender una profesión pública tan hermosa como imprescindible. Son palabras que proporcionan un atisbo de esperanza para los jóvenes y no tan jóvenes que decidieron dedicarse a informar a la población con la responsabilidad que conlleva. Por eso, al igual que un médico diagnostica una dolencia, enfermedad o afección e intenta explicárselo de la mejor forma posible al paciente, los periodistas hacen lo mismo con la información, que debe ser elaborada y enviada con la máxima precisión, coherencia y rapidez al público. Algo así como el plato de un cocinero profesional.

De esta forma, muchas profesiones están entrelazadas entre sí, pero ni los médicos son cocineros, ni los cocineros son periodistas ni los periodistas son médicos. Aunque los periodistas, en cierta medida, somos aprendices de todo y maestros de nada, según leí en uno de los escritos de Maruja Torres. Así que, “quienes creen que pueden suplantar al periodista podrían hacer el ejercicio simple de elaborar una noticia en el tiempo en que lo hacen los profesionales, para comprender que captar lo significativo, ordenar con criterio los datos, contextualizarlos y redactarlos de forma comprensible y atrayente es una tarea que requiere el saber del oficio” (José Luís Barberá. Diario El País. “Elogio del periodista”).

Mi libreta de citas célebres

Que nadie se enfade. Esto no significa que todas las personas, sean parados, amas de casa o estudiantes de 4º de la ESO, puedan tener un blog y mostrar públicamente el placer de escribir sus vivencias, noticias u obras de ciencia ficción. Y es que, como bien dejó escrito Aldous Huxley en Un Mundo feliz“Las palabras pueden ser como rayos X: si se emplean adecuadamente, pasan a través de todo. Las lees y te traspasan”. Sin embargo, fotografiar una pelea o a uno de los famosillos de turno, eso no es ser periodista, sino tener el material adecuado para ejercer tal oficio. Y todo, gracias a los atributos de las nuevas tecnologías que antes disponían unos pocos y ahora llegan a casi toda la población. “El periodismo ciudadano no existe”, me dijo un profesor en la facultad.

Me faltan dos categorías, pero iré directo a la acción. ¿O deseo ir a la acción? No lo sé. Las palabras del mendigo cooprotagonista de La Sombra del Viento me convencieron desde que las leí por primera vez: “El destino suele estar a la vuelta de la esquina. Como si fuese un chorizo, una furcia o un vendedor de lotería: sus tres encarnaciones más socorridas. Pero lo que no hace es visitas a domicilio. Hay que ir a por él” .

Recuerdo escuchar a Joan Manuel Serrat cantar eso de que “no hay nada más bello que lo que nunca he tenido” (Lucía) o defender, letra por letra, que “lo mejor de un beso es haberlo soñado”, cita que escuché en la radio, un medio “capaz de hacer ver a los oídos”. Pero son frases (las dos primeras) con las que no me identifico en esta época de la vida, donde predomina la incertidumbre laboral, una feroz competencia y un futuro incierto. Por eso, “prefiero pedir perdón a pedir permiso” (Jeremy Iron) y “no contar el tiempo, sino hacer que el tiempo cuente” (Anónimo).

Concluyo con un texto que podría tachar con tipex o subrayarlo con amarillo fosforito, publicarlo con Calibrí 6 o Verdana 48, hacer un llamamiento público para que se prohíba su circulación o tatuármelo directamente en la Espalda como Michael, el protagonista de Prison Break. Pero el portavoz de esta reflexión es otro actor, Bratt Pitt que a la vez es una creación imaginaria de Edward Norton (American History X) en una película basada en la novela de Chuck Palahniuk: El club de la lucha (1999).

Brad Pitt en "El Club de la Lucha"

En una de las escenas, Taylor Durden (Bratt Pitt), mientras mira desafiante a los ojos de los miembros del club, comenta con una seguridad insuperable: “Veo mucho potencial, pero está desperdiciado. Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas, o siendo esclavos oficinistas. La publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos, no hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine, o estrellas del rock. Pero no lo seremos, y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados”.

Ahora que me acuerdo, en la película no se mencionó ni una sola vez el nombre del protagonista (Edward Norton), aunque terminó encontrando su identidad no innata. Yo estoy buscando la mía, o al menos la estoy construyendo.

Dios, el primer revolucionario

Preguntas sobre la religión, ninguna sobre mi fe

Antonio, Irene y yo. Fuimos tres las personas que soportamos durante años las tediosas clases de ética mientras mis compañeros de religión estudiaban a Moisés y compañía. Nunca me pregunté por qué, nunca cuestioné la decisión de mis padres ni la de los padres de mis amigos. Pero sabía que esas horas de asueto o en las que hacía los deberes pendientes eran un cúmulo de minutos tirados a la basura.

En la actualidad, desconozco las asignaturas que tendrá el Colegio Público Jarama de Mejorada del Campo (Madrid) al que asistí durante ocho cursos, pero me pregunto si la religión (y la ética, claro está) es necesaria como asignatura -sin ser suficiente la catequesis- o prevalece por delante de otras relacionadas con la creatividad o la alimentación. La primera, como expliqué en artículos anteriores, es fundamental en el proceso de aceleración histórica en el que vivimos y la segunda, en mi tesina, es considerada como un plan de acción para reducir los casos de trastornos alimentarios en los jóvenes. Porque en pleno siglo XXI se ha producido una curiosa paradoja; existe la desnutrición (véase Somalia) y la malnutrición (véanse los casos de anorexia, bulimia…).

Pero volvamos a la religión. No tengo dudas sobre mi fe, sino fascinación por cómo por una sola persona, de cuya existencia unos niegan, otros dudan y otros aseguran ser verídica, han nacido iglesias, obras de arte, conflictos entre países, mujeres dispuestas a pasar su vida enclaustradas en un convento o miles de enviados encabezados por el actual Papa (no el mío), Benedicto XVI. Y es que, como bien me dijo un amigo mientras charlábamos de este tema tan candente, Dios (el se refirió más bien a Jesús) fue el primer revolucionario.

Supongo que hace unos siglos estaría en la lista negra de la Inquisición. Pero sigo. Revolucionario es un término complicado que abarca muchas cosas. Dios, a quien el hombre, en su orgullo, creó a su imagen y semejanza como bien dijo Friedrich Nietzsche, fue el primer revolucionario porque, en teoría, trajo grandes cambios en su época que aún vemos en la actualidad y se enfrentó al poder establecido. Vale, tampoco hay que compararle con el Ché Guevara.

Friedrich Nietzsche

Sin embargo, ante un mundo cada vez más laico me pregunto cómo sería la sociedad sin religiones ni dioses. ¿Sería un mundo inmoral?, o en cambio, ¿Tendríamos menos conflictos y una mejor relación entre Oriente y Occidente? No lo sé, pero las palabras de Barry Koshim, autor de un estudio realizado en 2009 en Estados Unidos sobre la religión, reflejan muy bien mi postura: “Más que nunca antes, la gente simplemente está construyendo su propia historia sobre quién es… Dicen yo creo en mí mismo”. Así es, cuando tengo un problema, un objetivo, trato de afrontarlo y no implorar a un ente sobrenatural a que me ayude a resolverlo. No acuso a los católicos, budistas y demás colectivos religiosos de cobardes. Entiendo que muchas personas, en busca de consuelo, esperanza, y sosiego acuden a la suerte, porque Dios es una mera representación de la suerte.

Se quiere la felicidad, la paz, el compañerismo, la fraternidad y otros valores o sentimientos que se tienen que conseguir trabajando, no sólo cruzando las manos; porque al igual que el ser humano ha construido castillos, hospitales y ciudades, ha creado leyendas y mitos; mitos como Dios. Y aquí me acuerdo de una frase de Albert Einstein: “El azar no existe, Dios no juega a los dados”. Las cosas ocurren por algo.

No es que me quiera tatuar a Darwin en el brazo. Pero, continuando con las frases célebres del enigmático físico de origen alemán, “el hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir”. Y la ciencia avanza a pasos agigantados, pero a la vez insuficientes. Por eso, no es de extrañar que según la segunda entrega del barómetro de El País en el que analiza las instituciones con más credibilidad, los científicos, los médicos, la Universidad y los intelectuales estén en la cúspide, mientras que la Iglesia católica ha ido perdiendo gradualmente, como institución, el crédito que pudo haber logrado durante la transición a la democracia. “Creo en Dios, pero no en la Iglesia” me dijo hace poco un amigo muy cercano.

Para terminar, ahora que estoy especializado como periodista en un ámbito tan apasionante como es el de la salud, me pregunto si algún día existirá la cura del Alzheimer e incluso el elixir de la vida. Y es que, al igual que sucede con la religión, tengo muchas preguntas sobre la ciencia, pero ninguna sobre mi fe.

Quién sabe. Quizá algún día Madrid, España o incluso el mundo entero se paralice para realizar las JMC (Jornadas Mundial de la Ciencia), porque eso sí que afecta a todos y cada uno de nosotros.

*Os invito a leer un artículo del escritor Javier Marías en El País Semanal del 04 de Septiembre de 2011 con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Haz clic aquí

Alegato a los monumentos gastronómicos

Comer es un estado de humor. ¿Quién no se ha cabreado alguna vez cuando ha cenado un plato de lombarda o comido un simple (pero nutritivo, eso sí), plato de puré? Por eso, en un nuevo artículo en Lagunas del periodismo, se hablará del placer, del sabor, del gusto, de los colores, del mundo, de la comida.

Aún recuerdo con nostalgia cómo mi profesor de redacción periodística mandó, a unos pipiolos recién llegados al nido de la Facultad Ciencias de la Información, que hicieran un artículo de paella. Sí, sí; han oído bien, un artículo de paella.

Empezaré por algo más simple, la patata. Tuve una profesora de historia en cuarto de carrera que nos solía decir, entusiasmada ella, que la patata alimentó a Europa en los siglos XVIII y XIX creo recordar. “¡Hay que hacer un monumento a la patata!”, recitaba. Lógico. Es un alimento muy antiguo, utilizado por los pueblos de América antes de que Colón llegase por error a ella, que contiene una gran cantidad de proteínas, almidón, fibra, calorías y glúcidos. Pero yo soy malo y lo que me chifla son las patatas fritas, el alimento que más engorda según una investigación de la Escuela de Salud Pública de Harvard (EE.UU.).

Además de rebelde, soy exigente y como buen nieto, me he acostumbrado a las insuperables y alegóricas (creo que en el argot gastronómico se tiende a exagerar) patatas fritas de mi abuela, Juliana de la Fuente. La foto que veréis a continuación está colgada, con todos los honores, en la puerta de mi habitación y corresponde a la freidora donde mi yaya sólo, y cuando digo sólo es sólo, cocina patatas fritas para que éstas mantengan su sabor original y no se enrollen con el aroma de las croquetas, empanadillas y demás fritos.

Las patatas fritas de Juliana

Continúo por donde tendría que haber empezado. El desayuno. Ya he avisado en este blog del poder que tiene el marketing, de cómo nos puede llevar a comprar algo y, lo más preocupante, a habituarnos a algo, que en principio no teníamos pensado. Por eso, la canción de: “Yo soy aquél negrito, del África tropical, que cultivando cantaba la canción del Cola Cao…”, ha hecho mucho mal a la sociedad. El Cola Cao, digan lo que digan, se disuelve mal con leche fría y sabe raro. Para mí, dos cucharadas de Nesquik en un vaso de leche refrigerada (suelo comprar la de Puleva) resulta algo memorable, un placer que los dioses griegos degustaban en sus banquetes. Eso sin contar el sentimiento que produce rebañar el chocolate mezclado con las últimas gotas de leche del vaso u ojo, nuestro campanito preferido de cereales. Bueno, bueno, bueno.

Nesquik vs Cola Cao. Gana Nesquik.

Sin abandonar las comidas refrescantes, el Real Madrid tendría que hacer un partido de homenaje al Calippo de lima limón o si acaso, crear, como competencia del ayuntamiento de Madrid, una escultura al lado del oso del madroño con la figura de este helado.

Calippo de lima limón, un placer veraniego

Vale que a veces es complicado de ingerir, pues el recipiente se suele deshacer y acabamos con las manos pringosas, pero ese sabor a lima en verano, mientras vemos  “Aquí no hay quién viva” en Antena 3 neox tumbados en el sillón tras una jornada dura de trabajo, eso sí que no tiene oro (la frasecita de precio y mastercard me aburre).

Para ir terminando esta carta de restaurante, hace poco se intentó crear un himno para la selección española de fútbol. Por mi parte, crearía uno para las judías de caramelo (en inglés jelly bean). Me refiero a las judías de toda la vida (blancas, acules, rojas, verdes, amarillas y azules) y no a las nuevas con sabores exóticos que han salido al mercado. Tuve la oportunidad de cerrar los ojos mientras observaba una película del calibre “El origen del planeta de los simios”. Y no por qué me diera miedo (que también) sino para concentrarme en ese bienestar que produce masticar cada judía de caramelo. Se merecen un best seller o una tertulia en Intereconomía, porque todos se pondrían de acuerdo.

Judías de caramelo, también llamadas Jelly Bean

Tras este texto escrito con vehemencia en apenas unos minutos, como dice el refrán, “para gustos los colores” así que, como buen amante de la comida, me encantaría saber cuál o cuáles son vuestros tesoros gastronómicos. Yo podría decir más, como la tarta de frambuesa del Vips o un bocadillo de jamón ibérico con aceite y tomate en una chapata con una coca cola light. Pero ahora os toca a vosotros. ¡Buen provecho laguneros!

Espermatozoides y yayitas de manzana

Madrid Directo es un programa que ha aportado mucho a la televisión. Aún recuerdo esas tardes otoñales en las que, con mis yayitas de manzana, merendaba mientras escuchaba la voz de Inmaculada Galván.

Por entonces, yo no sabía que iba a estudiar periodismo y ni siquiera conocía exactamente en que consistía esa profesión, por mucho que leyera el Marca en verano, escuchara Carrusel Deportivo o cenara con Ernesto Sainz de Buruaga en los informativos de Antena 3.

Por hoy, en 2011, todo ha cambiado un poco. Inmaculada se fue de Telemadrid, Buruaga presenta “Así son las mañanas” en la cadena COPE y el equipo de Carrusel liderado por el gran Paco González y Pepe Domingo Castaño también se ha pasado a la cadena de los obispos. Pero algo sigue igual, el interés que tengo en vivir todas las cosas en primera persona y no perderme cualquier situación que pueda servir de aprendizaje.

Por eso, en plan periodista de Madrid Directo pero sin yayitas de manzana, me fui a una clínica de fertilidad para grabar, junto con mis compañeras de trabajo, un video promocional para el cliente con el que estábamos trabajando en nuestra agencia de comunicación.

Yayitas de manzana

Siempre quise ir a una clínica como esta. Hay pocas series de televisión que no hayan rodado una escena en la que el protagonista quiere donar su semen a cambio de dinero. Lo hizo Gorka (Adam Jezierski) en Física o Química y creo recordar que Raúl (Alejo Sauras) en Los Serrano. Ahora me tocaba a mí…

Pero como periodista. Me ofrecí voluntario para hacer de donante fictício en el video. En primer lugar, rodamos una escena con un médico que me informó sobre los requisitos para donar semen. Y ojito que aquí no vale cualquiera. Para empezar, necesitan una muestra para analizar el estado de salud del semen (alrededor del 15% de los donantes pasan la prueba), después un análisis de sangre para descartar cualquier enfermedad o condición que pudiera perjudicar el posible feto (como tener más de cuatro dioptrías de miopía) y finalmente un test psicológico. Además, se requieren al menos cuatro días de abstinencia sexual y una vez que tus espermatozoides han servido para el nacimiento de 6 vidas, no puedes volver a donar. ¿La recompensa? 50 euros a la semana (lo que haría un total de 250 – 300 por esta experiencia) y la sensación de haber colaborado con la humanidad.

Pero para colaborar, para donar por placer (nunca mejor dicho), hay que pasar por un proceso algo extraño en “la salita del futuro”. Ahí rodamos la segunda escena del vídeo. Era una sala más pequeña que cualquier baño de vuestra casa, con una televisión que yo confundí con un espejo, un retrete, un inodoro típico de los aseos públicos y una pila de baño. A esto hay que sumarle una docena de revistas porno desfasadas y poco excitantes y una ranura por la que, como sucede en algunos hoteles para tirar la ropa sucia, depositas la muestra de tu semen que el laboratorio recibe a 37 grados.

La salita del futuro no me trajo buenas sensaciones: “Yo aquí no me concentraría, no hay ventilación, hay mucha luz y todo es de color blanco plateado”, dije al médico. Y éste contestó: “Se me olvidó decirte que el bote lo tienes que llenar entero”, “¿Entero? pero ¿quién consigue eso en unos minutos?”, dije con asombro. “No hombre. Me refería a que no puedes echar nada fuera del bote para que la muestra sea válida”, aclaró el médico. Una vez más, mi inocencia me jugó una mala jugada, aunque las risas estuvieron garantizadas durante todo el día. Por si fuera poco, una de mis compañeras se preguntó las razones por las que no tenían revistas para homosexuales y me dijo, bromeando, por qué no hacía algo que en casa  “lo haría gratis”.

Eso pensé yo. Pero cuando estuve apunto de dar mis datos al médico para pasar de periodista a donante oficial, me lo pensé dos veces. No fue por temor a que la clínica no garantizara la confidencialidad de mis datos, pues asegura el anonimato del donante de esperma y de la persona receptora del mismo, sino porque me gustan los niños. Imagino como sería criarlos, sentir su calor, su cariño, ver mi rostro reflejado en ellos y algún día, algún día, merendar juntos yatitas de manzana.

341

Three – Four – One. Parece un código secreto o la denominación del típico avión norteamericano en el que Harrison Ford tiene que salvar como Presidente de EEUU a sus pasajeros o un grupo de personas infelices que acaban “Lost” en una isla mágica.

Pero no es más que el nombre de un autobús que transporta al día cientos de pasajeros desde Conde de Casal hasta Velilla de San Antonio pasando por Mejorada del Campo. Y esto no es la televisión, sino la realidad.

Aún sin mi coche, el pasado lunes emprendí otro curso gratuito en la Escuela Superior de Formación. Esta vez de inglés. El segundo día tuve que faltar. Tenía una entrevista para vender contratos de una conocida compañía energética a la que acudí a pesar de los sabios consejos de mi admirada Maruja Torres en El País Semanal: “Por mi experiencia, uno aprende a odiar a la mencionada compañía. Se muestran groseros y perdonavidas. A la gente la ha acostumbrado a abrirse camino a puñaladas en la jungla por un triste jornal o una triste comisión. Les dan cursillos de motivación y agresividad. Y luego los lanzan a la caza”, escribió la famosa periodista en su columna.

Y tenía razón. Sin sueldo fijo, trabajaría desde las 8:00 hasta las 19:30 de la tarde, un periodo en el que recibiría el cursillo (ellos lo llaman de formación) y los consejos de un coordinador para después soltarme a la caza (ellos lo llaman trabajo). Así que desestimé esta posibilidad menospreciando mi acuciante deseo de abandonar el paro de una vez.

Después de finalizar una licenciatura de periodismo, estudiar y trabajar durante tres meses en el extranjero, realizar un máster y cuatro cursos de formación desde junio de 2010, estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa, pero anhelaba una oferta que me permitiera crecer como periodista y como persona. 

Graduación de periodismo en la Facultad Ciencias de la Información de Madrid. Junio de 2010.

Y llegó. Recibí la propuesta en la mañana del jueves para realizar la entrevista esa misma tarde. Me preparé física pero no psicológicamente. No pude ni mirar la página Web de la empresa por falta de tiempo pero sí asumir una postura: la de la sinceridad. No me hizo tomar falta la pastilla (veritaserum) que el profesor Snape tenía en la saga Harry Potter para obligar a los alumnos a decir la verdad.

Dije que aportaría mi ignorancia secundado por la frase célebre de este blog: “aprendiz de todo, maestro de nada”. Que acudiría al “efecto esponja” para absorber todos los conocimientos y así aportar mi creatividad, dinamismo, perseverancia y la versatilidad en el trabajo en equipo. Yo soy quién mejor conoce mi DAFO, mis puntos fuertes y débiles.

De esta forma, salí contento y tranquilo de la entrevista. Mi madre, que me esperaba en un centro comercial, aún más. Encontró un vestido caro en oferta y ya tenía algo que ponerse en ese encuentro social a veces tan tedioso conocido como boda. Además, apreció un brillo optimista en los ojos de su hijo. 

Al día siguiente, me despedí de mis compañeros de inglés, subí al 341 y, aunque ya no necesitaba el billete sencillo para pedir la beca de transporte del curso, lo guardé como de costumbre. Me senté en mi parte favorita del autobús, cuatro asientos que emulan la cabina de una noria. Apoyé los pies en el asiento y miré al paisaje casi desértico.

De repente, a un kilómetro de Mejorada del Campo, tuve una llamada. El tono “I Like it” de Enrique Iglesias sonó enérgicamente. Y como Charlie y la fábrica de chocolate, recibí un billete para cumplir un sueño, para hacer algo que llevaba deseando hace mucho tiempo, un ticket para ser feliz.

Han pasado dos semanas de un accidente en el que choqué contra la cobardía, la confianza y el respeto. No sé si es cosa del destino pero el viernes fue el día en el que volví a sonreír. Y como nunca.

Ticket del 341

No he creído oportuno dar detalles del trabajo. No sé cuando tiempo estaré ni si responderé a las expectativas. Sólo sé, que esta oportunidad, “mi oportunidad” como dijo mi brother Pablete y la canción que me dedicó de Taxi, es la de todos aquellos compañeros del periodismo (y en general) que luchan por hacerse un hueco en un momento tan complicado. No lo dudéis, el trabajo de un parado es buscar trabajo y para ello hay que insistir, formarse y sobre todo, ser vosotros mismos. 

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