El arte de sonreír

En los últimos meses se ha especulado mucho sobre la Gioconda del Museo del Prado que ya descansa en las paredes del Louvre de París. Para unos, como mi buen amigo H., amante del buen arte, no es más que un fenómeno al más puro estilo “La nave del misterio” (un tema que, por cierto, Iker Jiménez cubrió hace poco en su programa). En mi caso, no deja de indignarme  la media sonrisa (¿o debería decir ilusión óptica?) que Leonardo da Vinci se empeñó en dibujar para la eternidad hace más de cinco siglos.

El arte es complejo, pero yo soy más para interpretarlo. Supongo que el arte, como la belleza, está en el cerebro de quien mira. Mis cuadros favoritos son dos. Uno, Los fusilamientos del 3 de mayo(Goya), cuadro al que entrevisté en primero de carrera en uno de los ejercicios creativos de Redacción Periodística y con el que crecí en la casa de Maeztu (Vitoria) donde veraneaba. El segundo es más abstracto, como los dibujos que hacía en clase cuando me aburría: Composición con rojo, amarillo y azul (Piet Mondrian).

¿Qué tienen ambos en común? Que me hacen sonreír. En cambio, la Giaconda sólo me hace dudar. Según el “Estudio sobre la felicidad en 2011” elaborado por el Instituto Coca-Cola de la Felicidad, “dos de cada tres españoles se siguen declarando felices a pesar de la crisis”. No escribo este artículo para pediros que seáis felices, sino para exigir que sonriáis. “Sonreír, leo en un grupo de Facebook, no significa que sea feliz, significa que soy fuerte”.

La sonrisa de la Gioconda

La Gioconda no muestra esa sonrisa profident, sincera y segura que tan importante es en la actualidad. Históricamente, el hombre ha dejado su huella y prueba de existencia a través del arte: “el reflejo del mundo”, “la firma de la civilización”, recoge mi libro de frases célebres que compré de adolescente en el Alcampo. No es por menospreciar a sabios e intelectuales, pero quien es recordado en este mundo, al menos en el mío, es aquella persona que sonríe a pesar de las dificultades.

Esta máxima la he intentado cumplir a lo largo de toda mi vida. Pero ¿y los artistas? ¿Cómo influyeron sus estados de ánimo en sus respectivas obras? Cómo no me veía con fuerzas para entrevistar a Goya, decidí consultar a una persona más cercana, mayormente uno de mis mejores amigos. Según J. M. O., licenciado en Historia por la Universidad de Alcalá de Henares y alumno del Máster en estudios avanzados en Historia del Arte Español (Universidad Complutense de Madrid), “cualquier artista expresa en su arte cada momento vivido. Hay unos que lo muestran más, como es el caso de Van Gogh, cuya vida fue algo desgraciada, y otros que se dejaban guiar por los temas influyentes de la época”. Como caso paradigmático destaca Caravaggio. Su obra, dramática e incluso cruel, ha sido achacada por muchos investigadores a su carácter casi asesino. Sin embargo, J. M. O., opina que, simplemente, “le gustaba pintar lo que pintaba”. “Creo que la vida influye puede influir en el artista, pero en general es la demanda la que incita a pintar unas cosas u otras”, sentencia el joven pero experimentado historiador.

Extrapolando este razonamiento a otros ámbitos, me pregunto si el hecho de sonreír influye en nuestra vida laboral, social y personal o es la sociedad la que, como ocurría con las obras de arte, demanda o incita a sonreír para ser recordado. ¿Cuántas obras se han perdido por no dar la suficiente libertad creativa a un artista? ¿No os cansáis de ver una y otra retratos de reyes y obras de connotación religiosa? 

¡Me encanta cuando un pato se sumerge en el agua!

Echad un vistazo a vuestro alrededor. ¿Qué opináis del típico/a amargado/a del trabajo que nunca os sonríe? ¿Y del rancio compañero de clase? ¿Creéis que alguien les echará de menos? No hay nada de malo en sonreír. La risa ayuda a eliminar bloqueos emocionales y físicos. No digo que os fuméis un porro ni que os pase como al filósofo griego Crisipo, el cuál murió de risa en el siglo II a. c. después de darle de beber vino a su burro y ver como el animal intentaba alimentarse de higos. Ese sí que hubiera sido un buen cuadro, je je.

Por eso, querida Gioconda, arriesgándome a pasar el resto de mi vida entre rejas, no me importaría darte unos retoques (arte) como hizo Mr Bean (risa) en su película. Qué ironía. El arte de sonreír.

No os perdáis a Mr. Bean en el museo:

Tomar el fresco (juntos)

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el número de matrimonios rotos durante el año pasado volvió a crecer. Por su parte, la empresa de juguetes Famosa dio a conocer en 2010 un estudio en el que se observó que los niños prefieren cada vez más juegos sedentarios e individuales. Además, los últimos datos y estadísticas recogidas muestran que los españoles comemos menos en familia, una costumbre que, desgraciadamente, sólo es habitual en algunos domingos, festivos y fechas navideñas.

¿Qué tienen en común estas noticias? El individualismo. Hace unas décadas vivíamos bajo un ambiente de compañerismo, solidaridad y fraternidad. En situaciones difíciles, en crisis económicas, conflictos, y enfermedades, remábamos juntos en una misma dirección; o al menos, eso sentía yo en los años noventa y en las historias que me contaban mis abuelos –y bisabuela- sobre la segunda mitad del siglo XX. Por entonces, se compartían horas de radio, sartenes de gachas (yo lo sigo haciendo), juegos y conversaciones a veces anodinas, pero que estrechaban lazos entre una familia, un barrio o una comunidad de vecinos. Ahora, sin embargo, sé de personas que no conocen a su propio vecino del 2º B, cenan solas en el salón mientras ven la televisión, les cuesta expresar sus sentimientos e incluso, han llegado a decir eso de que “la mejor música es el silencio”. Personas, colores, diversidad.

Las gachas de mi abuela

En efecto, nuestros valores han cambiado. La competencia, los recursos que creemos ilimitados, los avances tecnológicos y sociales nos proporcionan, en definitiva, una autosuficiencia ilusoria. Porque nos necesitamos, pero al mismo tiempo, desconfiamos unos de los otros. Cuando vamos a una tienda ya no decimos eso de “fíamelo que te lo pago mañana” o como dice mi amigo Pablineitor en su blog, pasamos de largo sin mirar al portero. Si lo hay.

Podría seguir escribiendo y citar decenas de ejemplos, pero me centraré en uno que añoro, recuerdo con nostalgia y sonrío cada vez que lo veo y practico: tomar el fresco.

A finales de agosto del presente año fui a una casa rural de un pueblecito de Ávila con casi toda la familia. Una noche, mientras paseaba con mi prima Esther, nos hinchamos a dar las buenas noches a las personas que, sentadas en sillas con varios años en sus respaldos, nos miraban y saludaban con recelo y curiosidad. Y empecé a recordar.

Recordé las noches cálidas en la calle Madrid de Mejorada del Campo, donde no  pasaban coches y en las que los niños del barrio ideaban juegos mientras los padres y los abuelos, acomodados en las típicas sillas de barrio, comentaban su vida con un ojo puesto en nosotros. Al menos, eso hacía “la Ninis”, “Julio” (y su ¡mande!) “la Carmen” (que se portaba genial en el aguinaldo), mi tía Chus”, “La Mari” y por su puesto, mis abuelos. Todos ellos, menos “La Mari” y mis yayos, han fallecido. Debe ser duro cómo la gente de tu quinta cae paulatinamente. Esos compañeros de juegos de cartas, momentos difíciles de la posguerra y conversaciones siempre típicas, pero adorables.

En los últimos veranos, sin embargo, mis abuelos se han tenido que ir a la plaza del pueblo con “La Pascuala” (cuyas galletas de coco están buenísimas) en un banco que no es el suyo, donde no hay tranquilidad y el “fresco” es diferente. Pero yo les escucho:

-           Diego, “Pa fría la ensalá como decía el Tío Fanegas”

-           “Cómo decía la tía asunción, otros ochenta y tantos no voy a vivir”.

-          “Pareces el borrico del tío Teodoro”

-          “Eres más nervioso que la perra de la tía Gabriela, que estaba sorda y enseguida se ponía a ladrar”.

-          “Con la mirada me basta, como decía el tío Matacán”.

-          “El padre de la Reymunda, el Tío Piloncho, se compró una pelliza muy pequeña que vio en un maniquí. Aunque no le valía, se la ataba con una cinta en el ojal”.

-          “Ese es huevoscosidos. Le llamamos así porque un toro le pilló un huevo”.

-          “Hay uno en el pueblo que puso a sus dos hijos Mariano”

-          “A ese le llamaban choruzo gordo porque nació con 5 kilos. Y a su hermano semental porque se tocó en el cine y salpicó a una mujer”.

Por eso, cuando me preguntan “Y este chico, ¿de quién es?”, digo con orgullo, “De Goyo y la Juliana”. Con ellos tomé el fresco. Y lo echo de menos. El fresco y todo lo que conlleva: despreocupación, tener la mente vacía y aclarar las ideas. Incompatible. Lo sé. Me siento raro. Es como si el propio blog me hubiera absorbido. Mi mente, mi optimismo e ilusión están en una laguna enorme desde hace un año. Pero no me hundo. Es como si no me apeteciera escribir. Pero sigo escribiendo. Porque cuando pase un tiempo, y si consigo lo que quiero, me gustará leer artículos como este. Me voy, necesito tomar el fresco. ¿Te vienes conmigo?

Tomar el fresco

La velocidad del tabaco

Una historia entre Marco Simoncelli, Antoñete y la vida

Vamos. Reconozcámoslo. Nos gustan las noticias que pertenezcan a la triada de las “tres eses”: sangre, sexo y sudor (deporte). Si no, ¿cómo se explica que las noticias más leídas sean la desgraciada muerte del piloto Marco Simoncelli, el juicio del caso Marta del Castillo o las meteduras de pata de los famosos en Twitter? No digo que no sean interesantes e impactantes, pero sirven de cortina de humo para otras que nos afectan aún más. Como dijo Noam Chomsky, lingüista, filósofo y activista estadounidense a quién admiro cada vez que le recuerdo, hay que controlar y distraer al “rebaño desconcertado”.

Por algo creé y creo en este blog, Lagunas del periodismo. Para reflexionar y aportar nuevas temas y nuevas perspectivas. Y en este artículo, en principio algo enrevesado, el protagonista será el tabaco, la velocidad del tabaco.

Cuando recibí la noticia del trágico accidente de Simocelli, gracias al móvil de Pablinaitor, estaba tomando unas cervezas postpartido con Parásitos, un equipo de fútbol algo caótico pero luchador al que tengo la suerte de pertenecer. Desde entonces, me reafirmé en la idea de que hay que amar mucho, muchísimo a las motos para tener el valor de montarse en una de ellas y circular ya sea en competición, como en la vida cotidiana. ¿Qué se siente? Velocidad, libertad, autonomía, poder. No lo sé, ni lo quiero comprobar. Respeto mucho a la carretera, como los motociclistas, indudablemente, pero por muchas hondas y suzukis que haya, veo a un vehículo inestable, inseguro y débil a cualquier impacto. Apunten la primera palabra clave: velocidad.

Marco Simoncelli

De ahí pasamos a Antoñete. No me gustan los toros ni lo que se hace con ellos, pero tampoco me considero un activista nato para erradicar este supuesto “arte”. Y es que, la muerte del torero Antoñete me hizo reflexionar. “Le mató el toro del tabaco”, leo en algunos periódicos. Era una escusa perfecta para incidir en los peligros del hábito de fumar, pero los medios de comunicación prefirieron recordar a Antoñete en sus mejores momentos, como un tipo increíble, ¡un maestro! En vez de un inconsciente que prefirió irse de este mundo por el simple hecho de fumar. Y perdón por lo de inconsciente. Apunten la tercera palabra: tabaco.

Como Antoñete, 55.000 personas al año fallecen en España (y 5 millones en el mundo) a causa de esta droga, dejando atrás familias, proyectos, futuro. Yo mismo no conocí a mi abuelo paterno, pues falleció en 1986 a los 57 años de edad. “Le ha matado el tabaco”, confesaron los médicos a mis padres.

Antoñete

Ya sé que no estoy descubriendo el mundo con estos datos. Pero una vez leí eso de que “no aprendemos nada nuevo, simplemente se recuerda”. Con esta máxima, es necesario concienciar que el tabaco representa un problema de salud pública por varias razones: produce daños a terceros (fumadores pasivos), ocasiona enfermedades, perjudica al medio ambiente (es curioso, pero nadie critica la tala de árboles en este sentido o el desecho de colillas) y supone un tremendo gasto económico.

¿No os dan ganas de pegar una bofetada a los niños-adolescentes para los que un cigarro es como una rama de bambú de tamaño para los adultos? Supongo que, en general, no. Y es que, como está demostrado, los primeros fumadores nacen a los 13 años, una edad en la que queda un patrón de conducta establecido: fumo. Y si no fumo tengo síndrome de abstinencia.

Títeres ante el tabaco

¿Cómo es posible que la industria tabacalera utilice alrededor de 84000 millones de dólares al año en publicidad? (5000 veces más del dinero del que dispone la Organización Mundial de la Salud en la lucha antitabaco). En el fondo, admiro a esta industria, una de las más poderosas junto con la armamentística, porque cuando le aprietan por un lado, como a un globo, se hincha por otro. Si le prohíben mostrar su producto en los medios de comunicación, acude a la publicidad encubierta o, por ejemplo, a los pitillos light, que, a pesar de contaminar lo mismo, llenan los bolsos de las mujeres, ya que el género femenino tiene una percepción del riesgo mayor que el hombre.

¿Qué se puede hacer contra un producto que tiene entre alrededor de 4500 sustancias? Pensar en el futuro. El tabaco ya no requiere un análisis de situación. Sabemos de él que es la droga más adictiva (con un 32%), que destroza familias y que da sentido a la existencia de la Neumología, una especialidad médica encargada del estudio de las enfermedades del aparato respiratorio que, sin embargo, los expertos se plantean cambiar por el término Tabacosis. La esperanza reside en aumentar el precio del tabaco (España es uno de los países de la Unión Europea donde se compra más barato), establecer leyes y más leyes para dificultar su consumo y mostrar a los políticos el movimiento social para recordar, constantemente, que en España muere una persona por fumar cada 6 horas: la velocidad del tabaco.

La vida es muy corta para acortarla. Apunten la tercera palabra: VIDA.

Los niños de 0 a 7 años aprenden muchos conocimientos y hábitos mediante la observación. Prohibir fumar en espacios públicos ha sido un gran paso. No se pierdan el siguiente video: 


Dios, el primer revolucionario

Preguntas sobre la religión, ninguna sobre mi fe

Antonio, Irene y yo. Fuimos tres las personas que soportamos durante años las tediosas clases de ética mientras mis compañeros de religión estudiaban a Moisés y compañía. Nunca me pregunté por qué, nunca cuestioné la decisión de mis padres ni la de los padres de mis amigos. Pero sabía que esas horas de asueto o en las que hacía los deberes pendientes eran un cúmulo de minutos tirados a la basura.

En la actualidad, desconozco las asignaturas que tendrá el Colegio Público Jarama de Mejorada del Campo (Madrid) al que asistí durante ocho cursos, pero me pregunto si la religión (y la ética, claro está) es necesaria como asignatura -sin ser suficiente la catequesis- o prevalece por delante de otras relacionadas con la creatividad o la alimentación. La primera, como expliqué en artículos anteriores, es fundamental en el proceso de aceleración histórica en el que vivimos y la segunda, en mi tesina, es considerada como un plan de acción para reducir los casos de trastornos alimentarios en los jóvenes. Porque en pleno siglo XXI se ha producido una curiosa paradoja; existe la desnutrición (véase Somalia) y la malnutrición (véanse los casos de anorexia, bulimia…).

Pero volvamos a la religión. No tengo dudas sobre mi fe, sino fascinación por cómo por una sola persona, de cuya existencia unos niegan, otros dudan y otros aseguran ser verídica, han nacido iglesias, obras de arte, conflictos entre países, mujeres dispuestas a pasar su vida enclaustradas en un convento o miles de enviados encabezados por el actual Papa (no el mío), Benedicto XVI. Y es que, como bien me dijo un amigo mientras charlábamos de este tema tan candente, Dios (el se refirió más bien a Jesús) fue el primer revolucionario.

Supongo que hace unos siglos estaría en la lista negra de la Inquisición. Pero sigo. Revolucionario es un término complicado que abarca muchas cosas. Dios, a quien el hombre, en su orgullo, creó a su imagen y semejanza como bien dijo Friedrich Nietzsche, fue el primer revolucionario porque, en teoría, trajo grandes cambios en su época que aún vemos en la actualidad y se enfrentó al poder establecido. Vale, tampoco hay que compararle con el Ché Guevara.

Friedrich Nietzsche

Sin embargo, ante un mundo cada vez más laico me pregunto cómo sería la sociedad sin religiones ni dioses. ¿Sería un mundo inmoral?, o en cambio, ¿Tendríamos menos conflictos y una mejor relación entre Oriente y Occidente? No lo sé, pero las palabras de Barry Koshim, autor de un estudio realizado en 2009 en Estados Unidos sobre la religión, reflejan muy bien mi postura: “Más que nunca antes, la gente simplemente está construyendo su propia historia sobre quién es… Dicen yo creo en mí mismo”. Así es, cuando tengo un problema, un objetivo, trato de afrontarlo y no implorar a un ente sobrenatural a que me ayude a resolverlo. No acuso a los católicos, budistas y demás colectivos religiosos de cobardes. Entiendo que muchas personas, en busca de consuelo, esperanza, y sosiego acuden a la suerte, porque Dios es una mera representación de la suerte.

Se quiere la felicidad, la paz, el compañerismo, la fraternidad y otros valores o sentimientos que se tienen que conseguir trabajando, no sólo cruzando las manos; porque al igual que el ser humano ha construido castillos, hospitales y ciudades, ha creado leyendas y mitos; mitos como Dios. Y aquí me acuerdo de una frase de Albert Einstein: “El azar no existe, Dios no juega a los dados”. Las cosas ocurren por algo.

No es que me quiera tatuar a Darwin en el brazo. Pero, continuando con las frases célebres del enigmático físico de origen alemán, “el hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir”. Y la ciencia avanza a pasos agigantados, pero a la vez insuficientes. Por eso, no es de extrañar que según la segunda entrega del barómetro de El País en el que analiza las instituciones con más credibilidad, los científicos, los médicos, la Universidad y los intelectuales estén en la cúspide, mientras que la Iglesia católica ha ido perdiendo gradualmente, como institución, el crédito que pudo haber logrado durante la transición a la democracia. “Creo en Dios, pero no en la Iglesia” me dijo hace poco un amigo muy cercano.

Para terminar, ahora que estoy especializado como periodista en un ámbito tan apasionante como es el de la salud, me pregunto si algún día existirá la cura del Alzheimer e incluso el elixir de la vida. Y es que, al igual que sucede con la religión, tengo muchas preguntas sobre la ciencia, pero ninguna sobre mi fe.

Quién sabe. Quizá algún día Madrid, España o incluso el mundo entero se paralice para realizar las JMC (Jornadas Mundial de la Ciencia), porque eso sí que afecta a todos y cada uno de nosotros.

*Os invito a leer un artículo del escritor Javier Marías en El País Semanal del 04 de Septiembre de 2011 con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Haz clic aquí

Alegato a los monumentos gastronómicos

Comer es un estado de humor. ¿Quién no se ha cabreado alguna vez cuando ha cenado un plato de lombarda o comido un simple (pero nutritivo, eso sí), plato de puré? Por eso, en un nuevo artículo en Lagunas del periodismo, se hablará del placer, del sabor, del gusto, de los colores, del mundo, de la comida.

Aún recuerdo con nostalgia cómo mi profesor de redacción periodística mandó, a unos pipiolos recién llegados al nido de la Facultad Ciencias de la Información, que hicieran un artículo de paella. Sí, sí; han oído bien, un artículo de paella.

Empezaré por algo más simple, la patata. Tuve una profesora de historia en cuarto de carrera que nos solía decir, entusiasmada ella, que la patata alimentó a Europa en los siglos XVIII y XIX creo recordar. “¡Hay que hacer un monumento a la patata!”, recitaba. Lógico. Es un alimento muy antiguo, utilizado por los pueblos de América antes de que Colón llegase por error a ella, que contiene una gran cantidad de proteínas, almidón, fibra, calorías y glúcidos. Pero yo soy malo y lo que me chifla son las patatas fritas, el alimento que más engorda según una investigación de la Escuela de Salud Pública de Harvard (EE.UU.).

Además de rebelde, soy exigente y como buen nieto, me he acostumbrado a las insuperables y alegóricas (creo que en el argot gastronómico se tiende a exagerar) patatas fritas de mi abuela, Juliana de la Fuente. La foto que veréis a continuación está colgada, con todos los honores, en la puerta de mi habitación y corresponde a la freidora donde mi yaya sólo, y cuando digo sólo es sólo, cocina patatas fritas para que éstas mantengan su sabor original y no se enrollen con el aroma de las croquetas, empanadillas y demás fritos.

Las patatas fritas de Juliana

Continúo por donde tendría que haber empezado. El desayuno. Ya he avisado en este blog del poder que tiene el marketing, de cómo nos puede llevar a comprar algo y, lo más preocupante, a habituarnos a algo, que en principio no teníamos pensado. Por eso, la canción de: “Yo soy aquél negrito, del África tropical, que cultivando cantaba la canción del Cola Cao…”, ha hecho mucho mal a la sociedad. El Cola Cao, digan lo que digan, se disuelve mal con leche fría y sabe raro. Para mí, dos cucharadas de Nesquik en un vaso de leche refrigerada (suelo comprar la de Puleva) resulta algo memorable, un placer que los dioses griegos degustaban en sus banquetes. Eso sin contar el sentimiento que produce rebañar el chocolate mezclado con las últimas gotas de leche del vaso u ojo, nuestro campanito preferido de cereales. Bueno, bueno, bueno.

Nesquik vs Cola Cao. Gana Nesquik.

Sin abandonar las comidas refrescantes, el Real Madrid tendría que hacer un partido de homenaje al Calippo de lima limón o si acaso, crear, como competencia del ayuntamiento de Madrid, una escultura al lado del oso del madroño con la figura de este helado.

Calippo de lima limón, un placer veraniego

Vale que a veces es complicado de ingerir, pues el recipiente se suele deshacer y acabamos con las manos pringosas, pero ese sabor a lima en verano, mientras vemos  “Aquí no hay quién viva” en Antena 3 neox tumbados en el sillón tras una jornada dura de trabajo, eso sí que no tiene oro (la frasecita de precio y mastercard me aburre).

Para ir terminando esta carta de restaurante, hace poco se intentó crear un himno para la selección española de fútbol. Por mi parte, crearía uno para las judías de caramelo (en inglés jelly bean). Me refiero a las judías de toda la vida (blancas, acules, rojas, verdes, amarillas y azules) y no a las nuevas con sabores exóticos que han salido al mercado. Tuve la oportunidad de cerrar los ojos mientras observaba una película del calibre “El origen del planeta de los simios”. Y no por qué me diera miedo (que también) sino para concentrarme en ese bienestar que produce masticar cada judía de caramelo. Se merecen un best seller o una tertulia en Intereconomía, porque todos se pondrían de acuerdo.

Judías de caramelo, también llamadas Jelly Bean

Tras este texto escrito con vehemencia en apenas unos minutos, como dice el refrán, “para gustos los colores” así que, como buen amante de la comida, me encantaría saber cuál o cuáles son vuestros tesoros gastronómicos. Yo podría decir más, como la tarta de frambuesa del Vips o un bocadillo de jamón ibérico con aceite y tomate en una chapata con una coca cola light. Pero ahora os toca a vosotros. ¡Buen provecho laguneros!

Espermatozoides y yayitas de manzana

Madrid Directo es un programa que ha aportado mucho a la televisión. Aún recuerdo esas tardes otoñales en las que, con mis yayitas de manzana, merendaba mientras escuchaba la voz de Inmaculada Galván.

Por entonces, yo no sabía que iba a estudiar periodismo y ni siquiera conocía exactamente en que consistía esa profesión, por mucho que leyera el Marca en verano, escuchara Carrusel Deportivo o cenara con Ernesto Sainz de Buruaga en los informativos de Antena 3.

Por hoy, en 2011, todo ha cambiado un poco. Inmaculada se fue de Telemadrid, Buruaga presenta “Así son las mañanas” en la cadena COPE y el equipo de Carrusel liderado por el gran Paco González y Pepe Domingo Castaño también se ha pasado a la cadena de los obispos. Pero algo sigue igual, el interés que tengo en vivir todas las cosas en primera persona y no perderme cualquier situación que pueda servir de aprendizaje.

Por eso, en plan periodista de Madrid Directo pero sin yayitas de manzana, me fui a una clínica de fertilidad para grabar, junto con mis compañeras de trabajo, un video promocional para el cliente con el que estábamos trabajando en nuestra agencia de comunicación.

Yayitas de manzana

Siempre quise ir a una clínica como esta. Hay pocas series de televisión que no hayan rodado una escena en la que el protagonista quiere donar su semen a cambio de dinero. Lo hizo Gorka (Adam Jezierski) en Física o Química y creo recordar que Raúl (Alejo Sauras) en Los Serrano. Ahora me tocaba a mí…

Pero como periodista. Me ofrecí voluntario para hacer de donante fictício en el video. En primer lugar, rodamos una escena con un médico que me informó sobre los requisitos para donar semen. Y ojito que aquí no vale cualquiera. Para empezar, necesitan una muestra para analizar el estado de salud del semen (alrededor del 15% de los donantes pasan la prueba), después un análisis de sangre para descartar cualquier enfermedad o condición que pudiera perjudicar el posible feto (como tener más de cuatro dioptrías de miopía) y finalmente un test psicológico. Además, se requieren al menos cuatro días de abstinencia sexual y una vez que tus espermatozoides han servido para el nacimiento de 6 vidas, no puedes volver a donar. ¿La recompensa? 50 euros a la semana (lo que haría un total de 250 – 300 por esta experiencia) y la sensación de haber colaborado con la humanidad.

Pero para colaborar, para donar por placer (nunca mejor dicho), hay que pasar por un proceso algo extraño en “la salita del futuro”. Ahí rodamos la segunda escena del vídeo. Era una sala más pequeña que cualquier baño de vuestra casa, con una televisión que yo confundí con un espejo, un retrete, un inodoro típico de los aseos públicos y una pila de baño. A esto hay que sumarle una docena de revistas porno desfasadas y poco excitantes y una ranura por la que, como sucede en algunos hoteles para tirar la ropa sucia, depositas la muestra de tu semen que el laboratorio recibe a 37 grados.

La salita del futuro no me trajo buenas sensaciones: “Yo aquí no me concentraría, no hay ventilación, hay mucha luz y todo es de color blanco plateado”, dije al médico. Y éste contestó: “Se me olvidó decirte que el bote lo tienes que llenar entero”, “¿Entero? pero ¿quién consigue eso en unos minutos?”, dije con asombro. “No hombre. Me refería a que no puedes echar nada fuera del bote para que la muestra sea válida”, aclaró el médico. Una vez más, mi inocencia me jugó una mala jugada, aunque las risas estuvieron garantizadas durante todo el día. Por si fuera poco, una de mis compañeras se preguntó las razones por las que no tenían revistas para homosexuales y me dijo, bromeando, por qué no hacía algo que en casa  “lo haría gratis”.

Eso pensé yo. Pero cuando estuve apunto de dar mis datos al médico para pasar de periodista a donante oficial, me lo pensé dos veces. No fue por temor a que la clínica no garantizara la confidencialidad de mis datos, pues asegura el anonimato del donante de esperma y de la persona receptora del mismo, sino porque me gustan los niños. Imagino como sería criarlos, sentir su calor, su cariño, ver mi rostro reflejado en ellos y algún día, algún día, merendar juntos yatitas de manzana.

El día en el que volví a llorar

Es curioso. La vida es curiosa. Ayer, 02 de junio, me pregunté que se sentía al llorar. Perdí esa sensación. Y no porque careciera de motivos para hacerlo, pues he tenido malas experiencias desde que en tercero de la ESO rompí en lágrimas tras devolver a un cachorro de raza boxer bautizado como “Duque”. Mi madre no soporta los perros. Lo comprendí, lo respeté y lo acepté.

Es la primera vez que hablo de esto públicamente. Algo superfluo si lo comparo con la soledad que he pasado en algunos momentos de mi vida y sobre todo, las desgracias entre mis seres queridos.

Pero ahora tengo compañeros, amigos. Eso es. Y de los buenos. Por eso, esta mañana me acerqué a la facultad para que Edgar, mi tocayo en el “Experto en comunicación social y salud” y procedente de Perú, me nombrara su representante para hacer los trámites necesarios y de esta forma, enviarle la titulación a su país. Me gusta actuar así. Confío en la buena voluntad de las personas, en la empatía y en el cariño.

A las 12:45 nos hicimos una foto en la Facultad Ciencias de la Información para inmortalizar el momento. Quién sabe si le volveré a ver. “En Perú serás tratado como un Rey”, me dijo entre risas.

Edgar y yo en la facultad, minutos antes del accidente.

Pero no hay que fiarse ni del Rey. A las 13:00 horas, tras realizar un Stop, conduje unos metros con mi coche (Saray para los conocidos) en primera cuando sentí un gran golpe, un latigazo contra un muro de hormigón. Un enorme Chevrolet Blanco cuyo conductor se bajó inmediatamente del coche para comprobar si su puñetera máquina estaba en buenas condiciones. Lo demás, era secundario, como opina el Señor Burns de los Simpsons.

Hecho esto, y aquí el servidor en estado de shock, me dijo esa persona, de unos 50 años, pelo blanco repeinado y vestimenta tipo Maximo Dutti lo siguiente: “Pensé que me habías visto”. Menos mal que el señor tenía un Stop, “saltado a la torera” y quería meter su juguetito en una calle prohibida. Quedamos en aparcar los coches e intercambiar los datos.

Fueron cinco los segundos los que tardé en, después de hablar con dos testigos de lo sucedido, perder de vista al Chevrolet. Yo no lo acepté hasta que Samuel, barrendero de la zona, me abrió los ojos inquiriendo: “Este se ha largado”.

Y rompí a llorar. Sentí esa agua salada caer por los poros de mi piel sin cesar, hasta que mi madre, mi ángel de la guarda, llegó para ayudarme con los papeleos, la depresión y la ansiedad. Y tras ella,  la policía, el Samur y la grúa. Los primeros, nada más aterrizar, pusieron tres multas a otros tres inconscientes que realizaron la misma acción que el Chevrolet. “El tío este es uno de guante blanco”, dijo un Agente. “Haremos un informe para evitar que esto vuelva a ocurrir” comentó otro. El equipo médico, por su parte, me tomó la tensión (muy alta) y analizó las contracturas de la espalda.

Sí. Lo sé. Lo mejor es que no me ha ocurrido nada grave físicamente. Y que, como dijo un miembro de Samur: “Debes saber que las apariencias engañan”. Pero a pesar de no tener la matrícula de ese individuo, quiero hacer una DENUNCIA. Una denuncia social.

No lloré porque mi coche quedara en muy malas condiciones ni por el dolor en el trapecio y en la espalda, lloré porque me sentí frustrado, abatido, timado, decepcionado. “Luego dicen de los jóvenes…” me comentó una señora en el Hospital del Henares. Pues sí, aquí hay de todo. Rubios, morenos, delgados, creídas, orgullosas, simpáticas, inconscientes, irresponsables, COBARDES. Por eso, no voy a dudar de las personas. De ellas me alimento. Saco lo mejor de mí. 

“Lo que más le importa a la gente es la gente”. Aún recuerdo esa frase, apuntada de la clase de no sé quién profesor en el Máster de comunicación social y salud. Os dejo con este razonamiento y para resumir, con el comentario de un lagunero en el artículo “Enigmas”, escrito hace unos meses. Hoy, no tengo ganas de escribir más. Gracias. 

“Desde mi interés general por todo, sin excepciones, me siento incluso identificado con lo leido, me interesa el ser humano en todos sus aspectos; nacimiento, formación, puestas en escena (vivir sin ir mas lejos), y cierre de la vida terrenal, asi que, si el planeta tierra es la casa de todos, yo pongo mi parte para que siga siendolo. Me entristece sobremanera los innumerables gestos “desinteresados” de tantas personas, mas o menos cultas. Hace poco estaba sentado leyendo en un banco de la calle donde los rallos de sol del otoño calentaban mi cuerpo. Cerca, una selección de contenedores de basura amplia donde, sin esfuerzo, cualquiera podia depositar su basura en el lugar designado para ello. Fueron muchas las personas que lo hicieron, pero ninguna en la forma adecuada para contribuir con lo que de cada habitante del planeta se espera; perdon, se desea visto lo visto. Cuando era joven no existian opciones, al menos tan cercanas. Hoy no hay excusas, pero es decepcionante nuestro comportamiento, tanto, que me gustaria que investigases sobre este tema en en pais nuestro que, poco a poco, estamos dividiendo como si se tratase de “una herencia de pocos”. Te animo a que sigas utilizando el periodismo como una ventana por la que solo entre el aire fresco, para ti y para quienes te seguimos.

Un abrazo de un seguidor gallego, ciudadano del mundo”.

Luiggi.

Cambio de paradigma

Yo, yo mismo y la creatividad

Últimamente escribo basándome en mis propias experiencias. Aquello en lo que más puedo aportar como periodista y como persona. Por eso, el siguiente artículo está inspirado en un curso realizado entre el apogeo del movimiento 15M y una temporada de autoevaluación, autocrítica y resentimiento por mi parte.

El curso lleva por nombre “Creatividad”. Lo diré otra vez, “Creatividad”. Me gusta esa palabra. Pero, ¿Por qué estaba ahí? Alma, mi profesora durante dos semanas, lo resumió perfectamente: “Vivimos en un proceso de aceleración histórica. La creatividad es necesaria para adaptarnos a la crisis y captar nuevas oportunidades. Crear o morir. Y aquí, intentaremos reconectar con nuestro ser creativo, porque todos lo tenemos”.

Lo reconozco. También hice el curso para alargar la llegada de la agonía de la inactividad. Pero en gran parte, es por una de las frases célebres de este blog: “Aprendiz de todo, maestro de nada”. Empiezo bien, pues el conocimiento multidisciplinar es una de las máximas de la creatividad. Como la perseverancia, el inconformismo, la curiosidad o el entusiasmo. Todas ellas las tengo. O eso creo.  

Pero hay otros puntos que me faltan, como la capacidad intuitiva o la confianza en uno mismo. Y no me da vergüenza decirlo, porque sin darme cuenta, ya estoy utilizando una de las numerosas técnicas de creatividad: algo así, como un análisis DAFO. Pero no es mi intención aburriros con la teoría.

Lo que quiero es pellizcaros y despertar el hemisferio derecho, donde está la imaginación, la creatividad o lo subjetivo sin olvidarse del izquierdo, es decir, lo racional, analítico, lo verbal… Más que nunca es necesaria una combinación de los dos en un mundo exageradamente zurdo en este sentido.

La creatividad consiste en tener una actitud transformadora

¿Alguna vez os habéis preguntado por qué estudiamos en la escuela matemáticas, lenguaje o historia olvidándonos de la cocina, el baile y otros conocimientos? Cierto, siempre nos quedará “Dibujo”. Pero un dibujo riguroso. Una sociedad que castiga el error y elimina la creación de ideas o lo que es lo mismo, no permite al niño salirse de la raya con el pincel o dibujar aquello que le plazca. Y es que el fracaso, como el error, no es fracaso, sino aprendizaje.

A veces es necesario arriesgar, permitirse el lujo de equivocarse. Así, nos podemos encontrar con grandes descubrimientos como Cristóbal Colón y América o Erikson y la bombilla (más de 1000 veces intentó el genio crear dicho producto). Para eso, también hay que salir del estado de confort, evitar el complejo marioneta y no caer en el hábito o la rutina. Ideas no faltan: desde sentarse en clase en distintos sitios a lo largo del curso a cambiar los objetos de lugar en tu casa como hacía el pintor Pablo Picasso.

De esta forma, se puede concluir que la creatividad es una cuestión de actitud transformadora (ausente en muchos políticos). En vez de decir a ver que pasa, hay que decir a ver que voy a hacer. Cuestionarse las cosas, reinventarse. Ser proactivo y no reactivo. Buscar desafíos, oportunidades y saber aprovecharlas. 

Todos tenemos un ser creativo

¡Quieto parao! Me dice el otro Diego. Pides mucho. También me gustaría tener un cuerpo de maniquí o aprender alemán y chino para optar a más empleos; pero solo sé castellano y nivel intermedio (como decimos todos) de inglés. ¿O se puede conseguir?

Depende artista, “si quieres puedes”. “¿Has tenido la sensación de estar haciendo algo que te gusta tanto que pierdes hasta la noción del tiempo?”; “Pues eso me está pasando a mí en este artículo”. Y a esto se le llama “Fluir”, según un profesor de psicología de la Universidad de Claremont (California) y cuyo nombre casi no me atrevo a escribir: Mihály Csíkszentmihályi. Exótico, ¿verdad?

Consiste en un estado de auténtica y plena felicidad. ¡Vaya! Sin darme cuenta ya lo conocía. Cuatro años después pongo nombre a un término que inventé junto a mi gran amigo Héctor: “Alegría involuta”. “¿Me puedes explicar eso?”. “¡Claro! Mira, esta es la introducción: “En los últimos tiempos se ha utilizado con frecuencia la expresión “¡Qué alegría! cuyas derivaciones fueron creadas en el año 2007 por Diego Ochoa de Alda Gutiérrez con la expresa colaboración de sus compañeros universitarios, en especial de Héctor M. D.”. Y entre ellas está alegría involuta, es decir, satisfacción inmensa y plena.

Nunca subestimes una idea

“Tío, en eso eres un experto. Aún me dan ganas de darte una colleja cuando das la vuelta a palabras como opaco (y dices oluís), yacimiento (o luego digo la verdad), sincero (o con uno)… o me hablas de tus deseos disparatados como: “Hacer un botellón de zumos y batidos”, “Bailar como Joaquín Cortés” o “dirigir un acto colectivo sobre una gilipollez”.

“Es posible, otro Diego”. Pero no todo es reírse. También, sin darme cuenta, en el anterior artículo de Lagunas del periodismo (blog que te aconsejo) utilicé la técnica de crear en sueños. Con ella se intenta aprovechar el poder creativo del sueño. Numerosos científicos y poetas han recalcado continuamente esta posibilidad. Entre ellos, Salvador Dalí.

“Interesante”. “Yo pensaba que la creatividad era un lujo y ahora resulta ser una realidad cotidiana”. Exacto, amigo. Hay muchos mitos entorno a la creatividad, como que es un don, cosa de locos, jóvenes o de personas antisistema. Pero para reconectar con nuestro ser creativo, basta con observar las cosas, tener empatía, asumir riesgos y, resumiendo, ser curioso, muy curioso. Como dice Roger Von Oech, un experto en esta materia, “Hágase el tonto, rompa las reglas, deshágase de su libro de respuestas, busque respuestas erróneas, busque la ambigüedad, cometa errores,….y ¡vuélvase creativo!”.

“Te veo bien Diego, te veo bien”. “Creo que este curso te ha servido más como persona que como profesional. Has conocido gente, desde psicólogos a diseñadores o ingenieros, te has sentido en tu salsa aportando ideas (como denominar a un posible grupo de rock Homicidio Musical), has bailado, cantado, escrito e incluso realizado una obra de teatro. Un apunte,  ¿Cómo se despidió de ti la profesora?”.

“Bueno, me dijo adiós chico súper creativo”.

“Alegría involuta”.

“¡Pues sí!”

Doctor Internet

Marzo, 2008. Mientras P. lee el periódico en la cocina acompañado de D, un joven locuaz y estudiante de tercero de periodismo, D.I llega de trabajar y lo primero que se adivina en su rostro es una mirada mustia, pero al mismo tiempo de soslayo. La familia había superado momentos complicados; sin embargo, las siguientes palabras de D.I condicionarían los meses posteriores y quién sabe si el resto de sus vidas: “Los médicos han visto algo raro en mi pecho. Creen que es cáncer”, comentó entre suspiros apoyada en el radiador.

Y lo fue, un cáncer de mama que esa familia nunca esperó que le tocara sufrir, enfrentar y superar. Y es que con las enfermedades no ocurre lo mismo que con la lotería o los juegos de azar: aunque se tengan pocas posibilidades de ganar la gente echa con la esperanza de acertar algún día.

Así que, con un “alien” en la familia (así se bautizó al cáncer de D.I), era necesario conocer, más por desesperación que por puro adoctrinamiento, en qué consistía. Y se cometió el grave error de consultar en Internet. Al Dr. Internet. Por poner un ejemplo, es como si una persona, tras finalizar y entregar un examen, revisa las respuestas escritas aunque no pueda cambiar el resultado de la prueba. Un error muy común y a veces inevitable.

El cáncer de mama y otras enfermedades, al igual que la lotería, puede tocar. Mucha gente no es consciente de ello.

En un nuevo artículo de Lagunas del periodismo se hablará de la salud, de sus nuevos paradigmas, pacientes y enfermedades cuyos conocimientos debo al curso de experto en comunicación social y salud que estoy realizando en la Universidad Complutense de Madrid y a la corta pero intensa experiencia que he tenido a lo largo de mi vida con este ámbito.

Lo primero de todo es conocer en profundidad el término “salud”. Su definición más común en la sociedad es “la ausencia de enfermedad”. Pero es más que eso. Según la Organización Mundial de la Salud y desde 1948, es un “estado completo de bienestar físico, mental y social y no meramente la ausencia de enfermedad”. Unas palabras que, según el endocrino Deepack Chopra, no tienen en cuenta los docentes universitarios: “Si quieres enriquecerte no debes profundizar en la pobreza ni sus mecanismos. Si quieres mejorar tu salud, no debes pensar en la enfermedad ni sus mecanismos. En las facultades de medicina se estudia mucho la enfermedad pero no la salud”, aseguró el médico y escritor indio.

A pesar de que es la definición más válida, este término va cambiando a lo largo de la vida. En la juventud, por ejemplo, el hecho de tener tos o padecer fiebre es estar enfermo, mientras que una vez que el ser humano llega a la longevidad y todos los problemas que eso conlleva (sordera, molestias al andar, dolor en la cadera, espalda…), el anciano/a en cuestión dice ocasionalmente que se encuentra bien.

Dicho esto, es necesario conocer al paciente, quien ocupa un papel más activo en el manejo de su salud. Antes era éste el que estaba al servicio del médico, pero la Ley General de Sanidad de 1986 proporcionó una cobertura universal a la salud y otra especializada. A esto hay que sumar el establecimiento de un nuevo paradigma, en el que los ciudadanos, gracias a las nuevas tecnologías, tienen la capacidad de crear contenidos y difundirlos online, aumentando la interacción y pasando de los términos “paciente” y “enfermo” a “personas” diferentes, con identidad propia, relacionales, culturales y emocionales.

Todo esto da lugar a unos ciudadanos más informados, que investigan, preguntan a otros y consultan en Internet temas importantes en su vida cotidiana, como la salud. Así es como se pasa de la intermediación a la apomediación, es decir, hace unos años existían unos intermediarios entre una persona y su salud, que eran los médicos, pero gracias a las herramientas de la Web. 2.0  (los blogs entre ellas) esa persona se convierte en su propio intermediario.

Los pacientes acuden a las consultas médicas más informados, pero ¿mejor?

Por eso, no es de extrañar que más del 70% de la población española utilice la red para documentarse sobre enfermedades, medicamentos, contactar con su médico o concretar citas en el hospital.

Aunque uno de mis profesores del curso asegura que el médico sigue teniendo el poder ante un paciente cada vez más informado pienso que, como los periodistas, los profesionales dedicados a la medicina han perdido parte de su credibilidad y legitimidad debido al afán autodidacta y la rebeldía de las personas que tiene que atender. Un compañero de clase, médico y procedente de Haití, refrendó esta teoría con varias experiencias en sus anteriores empleos.

Difundir el buen uso de las nuevas tecnologías en la salud es esencial. Al igual que los medios de comunicación deben iluminar al público sobre las externalidades de algunos hábitos como son el alcoholismo, tabaquismo (pandemia de los años 90) o los trastornos alimenticios (pandemia de la última década), hay que dar a conocer aplicaciones como el Sleep cycle alarm, un servicio del Iphone que controla el ciclo del sueño de manera formidable o historias como la de Raul Miranda, un enfermo de ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica) que utiliza su blog como vía de escape para contar su día a día, su experiencia en http://yanopuedoperoaunpuedo.blogspot.com/.

Por desgracia, se destina mucho tiempo y dinero en otras acciones. Las etiquetas de tabaco, por ejemplo, cuentan con mensajes impactantes pero poco significativos (como las galletitas chinas) a pesar de su evidencia científica: “Fumar mata”. En estas ocasiones, la persona afectada -sobre todo los jóvenes- adopta una posición defensiva y de invulnerabilidad apoyándose en el efecto “tercera persona”, es decir, conoce gente que ha sido fumadora y ha superado los 80 años de edad o simplemente no cree -o no le importa- que pueda padecer una enfermedad debido a su vicio; cuando la realidad es que un fumador tiene diez posibilidades más que un no fumador de contraer el cáncer de pulmón, entre otras cosas.

La efectividad de las campañas de tabaco deja mucho que desear

Continuando con el sector económico, parte de las últimas medidas sanitarias están destinadas a recaudar fondos. Entre ellas, la del tabaco y la más polémica de los últimos años: la vacuna de la gripe A. ¿Existió este virus? Si. Pero, y copiando un ejemplo de uno de mis profesores, no fue tan grave como lo pintaron: “Supongamos que en la universidad hay fuego y saltan las duchas del techo. Pero puede ser que un simple papel se haya quemado o que esté ardiendo una planta del edificio entera”. Los laboratorios eligieron la segunda opción y España, entre otros países, se tuvo que comer miles de vacunas y mascarillas.

Gracias al informe Lalone (Canadá, 1974) se comprobó otro desperdicio temporal y económico tras averiguar que se ponía más énfasis en la asistencia sanitaria que en el estilo de vida (drogas, sedentarismo), y eso que éste último provocaba un 43% de la mortalidad por un 11% del primero. Ambos, junto a la biología humana y el medio ambiente, forman parte de los determinantes de la salud cuyo control es necesario para gozar de una mejor calidad de vida.

Y ahí entra en juego la promoción de la salud, un proceso que regula los mencionados determinantes por parte de individuos, grupos y comunidades y donde el fin justifica los medios. Por ejemplo, si una persona ha sufrido un infarto es el momento para insistir que deje de fumar, la meta es que la consiga gracias a la relación interpersonal con el paciente o utilizando el miedo, la emoción dominante en las campañas de salud y la primera estrategia para persuadir.

Reflexión final: Doctor Internet

Internet es un medio muy potente, pero, ¿es bueno o malo? Como la mayoría de las tecnologías, ninguna de las dos cosas. Esta herramienta es lo que la gente hace con ella. Lo mismo ocurre con las piedras, cuyo uso varía desde formar parte de una catedral a utilizarla como arma de ataque.

No es malo que las personas se interesen por su salud para no depender totalmente del médico, pero es éste quien tiene que ejercer su trabajo y al que se debe depositar la confianza para mejorar la calidad de vida y el estado de bienestar de la población.

En definitiva, lo más importante para las personas son las personas. Tener felicidad, trabajo, ocio, amistad y familia es tener salud. La tecnología, al fin y al cabo, ha sido obra de nuestra inteligencia.

No os perdáis el siguiente anuncio de apenas 2 minutos de duración. Quizás os haga reflexionar más que todo este artículo. ¡Espero vuestros comentarios!

Nuestra Obsolescencia Programada

En una sociedad menesterosa, exigente y en la que se quiere todo y ya, se espera a una población dinámica, activa e inquieta ante las circunstancias que nos rodean. Pero en España no ocurre esto. El ciudadano español es capaz de halagar y admirar a los egipcios y tunecinos que han derrocado sin excesiva violencia y con una gran movilización a las dictaduras que los recluían desde hacía décadas, pero no encuentra capacidad de reacción ante un 40% de paro juvenil (superando con creces la media de la Unión Europea) o a la incompetencia de todos los políticos del país, por ejemplo.

El pueblo egipcio se movilizó para derrocar a Mubarak

Aunque no es lo mismo comparar una dictadura con la tasa de desempleo, cada territorio tiene sus propios problemas y es necesario salir del estado de confort y de la resignada apatía en la que se encuentran los españoles para preguntarse a qué dirección se dirigen y si se están haciendo bien las cosas.

Sin embargo, la prensa rosa, los deportes, el ocio, el consumismo y todo aquello que contribuya a la evasión de los problemas del hombre hace que este pensamiento no sea generalizado. En su día, ya hablé de esto en un artículo denominado “Periodismo”.

Con este escrito, lo que se intenta es buscar respuestas a los porqués de la incapacidad de los españoles para protestar, salir a la calle y, sin violencia, pedir explicaciones al Gobierno de turno por vender la moto de que se saldrá pronto de esta situación. Más que nunca es necesario dejar aflorar nuestros pensamientos, darles voz fuera de una cafetería o discusión entre amigos o compañeros de trabajo resentidos con la meta de no repetir el fracaso de la huelga general en septiembre de 2010, en la que se esperaba una gran afluencia de personas.

El espíritu revolucionario de este servidor viene de reportajes como la “Obsolescencia programada”, cuyo contenido no hace más que acrecentar mis dudas sobre el excesivo conformismo de los ciudadanos, manejables como robots e ignorantes como un bebé al que le queda todo por aprender (grupo en el que yo me incluyo). Es un tema controvertido en el que he podido profundizar en el curso de Marketing Relacional de MSL Formación. Y es que, como los productos, el hombre está programado para que su conocimiento e inquietud tenga una fecha de caducidad cada vez más prematura. De ahí al término de Obsolescencia programada.

La fuente principal de este artículo es un documental emitido por Televisión Española y que enganchará desde el principió a aquél o aquella que de un simple clic con su ratón en el siguiente vídeo.

Para encontrar la primera víctima de la obsolescencia programada hay que remontarse hasta 1920, cuando se decidió reducir la vida de las bombillas a menos de 1000 horas; una estrategia -creada para incrementar las ventas- que Thomas E. Edison no pensó cuando lanzó a la venta este producto en 1871. De hecho, se ideó una bombilla de 100000 horas que nunca llegó a comercializarse.

Desde entonces, no importa la vida útil de los productos: “Un artículo que no se desgasta es una tragedia para los negocios”, advertía un periódico estadounidense en 1928. Décadas más tarde, el diseñador industrial Boris Knuf aseguró que sin la obsolescencia programada no existirían los centros comerciales, pues “todos los trabajos desaparecerían”. Y bajo mi criterio, tenía razón. Es difícil garantizar la viabilidad de la economía sin este proceso; o si no, ¿qué ganancias obtendría un vendedor de televisiones o lavadoras si duraran más de 10 años como ocurría otrora?

Sin embargo, hay sociedades que sobrevivieron a la Obsolescencia Programada a lo largo del siglo XX. La economía Comunista, ineficiente y sin muchos recursos, no estaba basada en el libre mercado sino que era planificada por el estado. En este contexto, la Obsolescencia Programada no tenía sentido. “En la antigua Alemania del este, existían normas que dictaban que las lavadoras y las neveras debían durar 25 años”, comenta la narradora  del documental.

Pero en Occidente existía la convicción de que el crecimiento era el santo grial de la economía; el consumo tenía que crecer sin límites y aunque pudiera suponer frustrante para los ingenieros diseñar un producto peor que el existente, era una máxima que se debía de cumplir. Así ocurrió con las medias de nylon, diseñadas en 1940 que por su resistencia significaba un gran progreso para la mujer. Pero los fabricantes, necesitados de beneficios, decidieron crear fibras más frágiles que limitaran la vida útil del producto.

A pesar de estas evidencias, el consumidor no protestó producto del consumismo desenfrenado hasta la era de Internet, gracias al cual ha surgido un grupo de personas dispuestas a luchar contra la Obsolescencia Programada. Es el caso de la abogada Elisabeth Pritzker, que demandó a Apple por la corta duración de la batería del Ipod o de aquellos que estudian cómo alargar la vida de las impresoras diseñadas para fallar (creando un software, reseteando un determinado chip…) ignorando el consejo de los vendedores de comprar otra unidad al más mínimo fallo.

Las impresoras están diseñadas para fallar gracias a un chip

Pero quizás, la personas más afectadas son las que tienen que convivir con los residuos tecnológicos. Y es que los países desarrollados, con la excusa de calificar a estos productos de segunda mano, abandonan ordenadores estropeados, televisiones viejas o radios inservibles en países como Ghana; causando un gran daño a sus habitantes y al medio ambiente. El mundo ecológico no existe para los negocios.

Son razones suficientes para apoyar el cambio de mentalidad y paradigma que muchos intelectuales plantean desde hace años bajo el nombre de “Decrecimiento”, un término provocador que intenta romper con el discurso del crecimiento viable, infinito y sostenible para reducir nuestra huella ecológica, el despilfarro, la sobreproducción y el sobreconsumo.

Las premisas del decrecimiento renace la visión de Ghandi, el humanismo personificado: “El mundo es lo suficientemente grande para satisfacer las necesidades de todos pero siempre será demasiado pequeño para la avaricia de algunos”.

Una vez entendida la Obsolescencia Programada y su relación con la apatía y conformismo de los españoles y muchos europeos ante la situación actual, cabe preguntarse si noticias como esta (publicada el pasado 13 de marzo en El País): “Decenas de miles de jóvenes marchan contra la precariedad en Portugal. La movilización de la generación desesperada es la mayor desde 1974″ o reflexiones como esta suponen el inicio de algo más que murmullos y vagos comentarios.

La decisión final, como sucedió en Túnez o Egipto, está en nuestras manos. En el pueblo.

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